miércoles, 19 de diciembre de 2007

la bola de cosas


El me dijo que por la mañana no se puede establecer conmigo ningún tipo de contacto.

Esa mañana de sol y brisa, como tantas otras, café instantáneo de por medio, lo perseguí por toda la casa nombrándole todas y cada una de las cosas que deberíamos haber hecho desde hace varios años. Le estaba hablando de la puerta del baño que no cierra desde que compramos la casa mientras se lavaba los dientes y le reprochaba no haber revisado ni uno de los cuadernos de la niña más grande, a la vez que mechaba el monólogo con mi lista pendiente, como por ejemplo no haber llamado a mi maestro de violín desde julio. Todo eso le contaba mientras el intentaba improvisar su día de la mejor manera.

Veía, como en un termómetro, como mis palabras iban aumentando la linea roja, desde los pies a la cabeza, ya estaba por el cuello. Y no paré.

No lo hice hasta que me dijo: saqué los pasajes. Nos vamos a la montaña, así que guardá la bola de cosas en algún lado y vamos.


De eso se trataba, de cambiar una mochila por otra. De una mochila muy pesada a otra bastante más liviana.

Al principio me indigné, porque no podía ser de otra manera, y le dije:


Vos pensás que podés decidir cuando puedo subir a una montaña o cuando debo dejar mi bola de cosas? ¿Donde puedo dejar esto ahora? ¿Vos me garantizás que cuando baje de la montaña y regrese aquí, la bola de cosas no habrá aumentado de tamaño considerablemente? ¿Cómo pretendés que apriete pausa y me duerma en blanco en una carpa?


Intenté deshacerme de la bola de cosas, porque no era posible cargar la cocinita, la carpa, las bolsas de dormir, la ropa, las niñas, los juguetes, el inflador, las estacas y demás, teniendo semejante bártulo encima. Así que estuve separando aquellas cuestiones que no disfrutarían del paisaje, como las cuentas pendientes, el ABL, los gatos, el perro, el informe de gestión de mi trabajo del año 2007, la pc, el secador de pelo, la cera, el cine, los reclamos familiares y los úlitmos caprichos sin consuelo. Dejé todo en una caja, y si bien algunas cosas volvieron a mí como un imán, el peso era otro. No me preocupé por aquellas cosas porque sabía que existía la posibilidad de dejar algo en la punta de la montaña o encender algún fuego una noche apacible.


La mochila estuvo lista rápidamente y como siempre tuve la sensación de olvidarme todo, tal vez era mi deseo.

Al cerrar el cierre, me senté arriba de los bolsos, y miré la puerta sin pensar en nada.

Luego de unos minutos, ya con la mochila, y el protector 15 en mi piel, noté su mirada.

No hizo falta ninguna palabra.

Faltaban aún nueve días para partir.

Llorando por dentro le dije que era un ensayo.

Miré la caja que contenía la bola de cosas y pensé.

Mientras escuchaba la música de mi vecino Favio, una cumbia, me quité la mochila pero no abrí la caja.

No lo hice.

No tenía porqué.


despuésm de todo, la bola de cosas sabría que en algún momento volvería...


lunes, 10 de diciembre de 2007

se dice que una niña se volaba como un globo y se dice que una mujer intenta sostener otro con firmeza entre sus manos



Así que una niña se volaba a cada rato por un fuerte viento. Por suerte la agarraba siempre la misma vecina al verla pasar volando por la ventana de su departamento. La tiraba para adentro, de un brazo a veces, otras veces de una pierna, la bañaba, la peinaba y la perfumaba. La sentaba frente a los dibujitos animados y los miraba con ella. Mas tarde, ya entrada la noche, su mamá la pasaba a buscar y la tironeaba hasta su casa, balbuceando palabras de disgusto, porque no entendía como aún no tenía el peso suficiente.

No era la niña, era el viento.
No era la vecina, era el destino.
El lugar que escoge una hoja para dejar
de volar.
El sitio en el que reposa la mariposa.


Tal vez, lo extraño en todo esto, no sea ni una hoja ni una mariposa

Sin embargo cada viento fuerte le volaba el cabello y le abría la boca, tan pero tan grande, que sentía casi la mandíbula partida. Al principio se agarraba fuerte del gato, quien astutamente se soltaba, entonces se sostenía de la manija de la puerta de su cuarto. Fuerte, fuerte, fuerte y otra vez se soltaba. El intento por sostenerse y salir victoriosa frente al fuerte viento, la lastimaba, y creo que ya al final de la resistencia, se soltaba orgullosa sabiendo que venía la mejor parte:

La parte en la que imaginaba ser un globo.

Una niña que vuela puede parecer un globo.
Una mujer que vuela es difícil de imaginar. En todo caso puede parecer alguna alucinación causada por alguna droga, un vestuario con relleno, una visón extraña, un grupo de bolsas arrojadas a la calle y a su suerte, un cartel desprendido, etc… en fin, cualquier cosa, menos un globo.


Una niña que vuela puede imaginar ser un globo.Una mujer que vuela no puede imaginar ser un globo. Tal vez crea en algún ataque terrorista, en alguna mala jugada del destino, en alguna tarea que quedó pendiente.


Lo cierto que es que un buen día en el que el viento continuaba muy fuerte, la vecina se mudó y la niña creció. También su peso aumentó y entonces ya no tenía que sostenerse del gato ni necesitó agarrar la manija de su cuarto para no volarse.


No se sabe que ocurrió primero, si la mudanza de la vecina o su crecimiento.
Sí se sabe que ya no vuela.
Desde su ventana observa algunos globos pasar y los agarra inmediatamente, pero siempre son simplemente globos.
A veces se detiene en el medio de un parque, abre sus brazos y siente la brisa suave que la atraviesa y siente su cuerpo lleno de aire sobre la tierra.
Señal de que ya no se vuela.
Señal de que no olvida.

Mientras tanto yo, camino intentando sostener una goma rellena de aire y atada con un hilo…

jueves, 29 de noviembre de 2007

respuestas


Gloria necesitaba respuestas. Se le habían acabado hacía un tiempo considerable.

Una tarde apacible mientras lavaba los platos del mediodía, se preguntó para que lo hacía, cuanto tiempo le llevaba, porqué el detergente hacía espuma, entre otras cosas. Fué en ese instante en el que se dió cuenta que ya no tenía respuestas para nada. Por lo menos no tenía justo las que ella preguntaba, tal vez sí tenía alguna para alguien que necesitara.

Así que tomó su billetera, sus lentes de sol, el celular, un puñado de castañas de cajú y salió.

En el centro comercial se encontró con los negocios decorados de estilo navideño, con turrones duros y blandos, con bolas de colores, con pinos de diversos tamaños, con tiras de colores para adornar "tu arbolito", con luces pequeñas y hasta con música. Papá Noel de peluche, de cerámica, de papel maché, de plástico, de cemento, de telgopor, con barba blanca y panza. Con el niño Jesús en la cunita, con María, José, el pastor, el rebaño, los reyes magos, las gallinas, la estopa, la casita, las estrellas del cielo, y los camellos. Las bombachas rosas, tangas, culotes, colalés, short, pequeñas y grandes.

Recorrió los negocios y al parecer ya nada de lo que buscaba estaba en vidriera. Sus preguntas aún no encontraban respuestas. Así que Gloria se detuvo a tomar un café en un bar de una avenida de Caballito y tomó nota de las principales preguntas huérfanas.

Pagó siete pesos por el café con la propina incluída, pensó en que estaba muy caro el café y se preguntó si esto tenía que ver con la navidad.

Comenzó a caminar hacia el parque Rivadavia...

En el Parque Rivadavia, niños de distintas edades jugaban en las raíces de un enorme árbol, y se reían. Gloria se sentó a observarlos.

Algunos lloraban al caer de una rama, pero al ratito ya se les pasaba.

En ese momento fué que me encontré con Gloria.

Yo venía de comprar un libro en la feria, de Carver, y me disponía a leerlo, cuando Gloria (yo no sabía que así se llamaba) me preguntó la hora. La miré y le dije "ni idea". Pude ver como sonreía, y entonces me pregunté que le habría causado gracia. Parece que ella se dió cuenta y me dijo: "me río porque salí a buscar respuestas porque ya no tengo... pero veo que no soy la única".
Le dije que si se refería a mi ignorancia acerca de la hora, eso no era para mí una preocupación, sino al contario, era el día en el que no me preguntaba nada. Ni la hora.

Luego de un rato, mientras leía el libro y ella miraba el paisaje me dijo: "ese árbol es peligroso, no te parece?". Puse el dedo en el renglón que estaba leyendo y le dije: "no sé, tal vez, pero... los niños parecen estar muy divertidos, no?" Ella me respondió: "no sé, ya te digo... solo tengo preguntas, es que lo veo de esa forma pero sé que no tengo la certeza de que sea realmente peligroso..." Le dije que como era el día en que no me cuestionaba nada, me preste atención:

Este árbol no es peligroso para los niños, en todo caso, el árbol puede sentir algún tipo de incomodidad al resistir el peso de tantos niños arriba, pero que desde otro punto de vista la escena se veía bellísima. Los niños y la naturaleza.
Respecto a la hora, deben ser cerca de las 15.30 por como pega el sol. Y al parecer los negocios cambiaron las vidrieras porque se acerca la navidad, y el fin de año.
El ser humano necesita poner el año entero sobre la palmera y dejar que se balancee... y observar. A eso se le llama "balance". En esta especie de evaluación todo debe quedar equilibrado sobre la palmera y lo que cae, es lo que no se pudo sostener... conviene colocar un recipiente porque si cae en tierra vuelve a crecer sin que te des cuenta. Por si no lo sabés, los años existen porque necesitamos contar para no perdernos. Uno, dos, tres. Además que las estaciones aún se las arreglan como pueden para sostener el principio climático que consta de algunas leyes: invierno es frío, otoño mas o menos, verano es caluroso y la primavera agradable.

Señora.... (le pregunté el nombre) Gloria...

Ella se levantó y comenzó a caminar de regreso a su casa y entendió que a veces es mejor no tener respuestas, que agarrar la primera que se cruza. Igualmente, se prometió no lavar los platos por un tiempo.

En el camino, compró una bombacha rosa, unos adornos navideños y el arbolito de navidad...

Mientras tanto yo aproveché para continuar la lectura, aunque de vez en cuando me distraía con la risa de los niños.

viernes, 9 de noviembre de 2007

texto de uno de mis trenes

El corazón, la cabeza, el alma y las piernas...
Un tren. Me subo. Tengo que bajar. No se cómo. Me quedo.
Sigo viaje...
Miro por la ventanilla cantidades de estaciones, pueblos y sigo. Porque no se bajar. Mientras tanto tomo un café, como pastas y miro por la ventanilla.
Bajo solo para estirar las piernas y cuando escucho el sonido del timbre, la señal de advertencia que indica “El tren se va”, entonces apresuro el paso
[... veo el campo abierto y me siento correr sin darme vuelta. Fuerte, rápido. A veces tropiezo y sigo. Siento el sudor. Y no hay nada como una meta o algo así, y no hay nadie esperándome más allá. Pero corro, corro y corro...]
Entonces ya estoy arriba, aliviada. Ya volví a subir, con el corazón en la mano, con el aire en el pecho. Otra vez.
Y en cada parada igual. Siento el aroma que está en el aire. Lo respiro, y cuando lo tengo adentro no pienso. Exhalo. El sonido de alarma y otra vez arriba.
Llevo diez años arriba, y ahora se descompuso
El maquinista no sabe dar explicaciones. “Se paró”, dice. “Hay que quedarse acá”, pienso, pero no me animo a preguntarle si hay que quedarse adentro o si se puede bajar a estirar los pies... Si el maquinista me dijera que se puede bajar, no se que haría. Porque si comenzara a correr no llegaría a ningún lado, y si el tren no funciona no hay alarma, no hay timbre ni advertencia que me hiciera volver.... y si subo porque imagino que se va, me desilusionaría.
Entonces me siento a mirar siempre lo mismo, y a cada rato el maquinista me dice “el tren está descompuesto”Sí, sí, ya se, le respondo. O también le digo “en serio?, pero que barbaridad!”
Se me ocurre ir al último vagón y observo todo el recorrido del último trayecto hasta que se funde en el horizonte, e intento recordar que veía por la ventanilla. Me acuerdo de una señora con bolsas...
Que entraba a una casa. Las bolsas eran de comida, pienso que ya deben de haber terminado de comer, tal vez estén en la sobremesa, en familia, tal vez con frío o con calor. Recuerdo un pony, y otro pony, y otro... Porqué tantos ponys?. Me pregunto si algunas veces mirando por la ventanilla me habría dormido, porque no se, los ponys no me cierran para nada. Sí, sí, girasoles todo el tiempo, girando claro. Diez años de girasoles persiguiendo al sol, los he visto de todos sus ángulos. Puedo dibujar un girasol exactamente como es. Cuando reflexiono acerca de mis fotografías de niña, justo en ese momento se acerca el maquinista y me dice: “el tren está reparado, en cinco minutos partimos”...
Entonces sonrío.
Pienso en estirar las piernas.
Lo hago.
Esta vez salto con ambas piernas.
Respiro.
[...Suena la señal justo cuando veo que al final del campo, detrás de una línea punteada de color rojo, creo... hay alguien, humo, y... música.

Suena la señal y me pongo a llorar.
Suena la señal y me detengo.
Me subo
Suena la señal.
Sigo corriendo. No veo nada pero corro. Me canso pero sigo. Me caigo, me levanto y sigo. Camino, corro, no miro atrás. Corro hacia delante. En el camino me quito la ropa. Corro...]


es un texto del año pasado

SE TOMÓ UN AVIÓN


Como era de esperar, él se tomó un avión.
Alegando que lo habían invitado de otro país muy lejano donde casualmente se hablaba otro u otros idiomas. Todo pago, el pasaje, la estadía, lo del quiosko, los libros, la playa, las ideas, el hidromasaje y los obsequios que quisiera traer a su regreso. Todo, todo pago.

Decía antes "como era de esperar" porque casualmente habíamos cruzado unas filosas palabras anteriormente y el me había dicho: me dan ganas de irme a la m.... o algo así. Yo no lo dije, pero lo pensé... tal vez si lo hubiera mencionado, me hubiera ido mejor,y estaría ahora disfrutando de algún trago en una playa... o alguna entidad cultural me hubiera invitado a debatir sobre el "arte y la parte" o que se yo....

La cuestiòn es que se fué con apenas un bolsito a otro país.

Y tanto lo extraño... porque una cosa es saber que el no quiere escucharme estando a mi lado y otra cosa es saber que el no quiere escucharme a dos mil kilómetros. Definitivamente no es igual. Me escribió en un mail que allí se hablaba un poco de portuguès.

Ahora estoy bastante avanzada.

En estos días leí mucho en protugués y ya casi falo de maravillas.

Estoy preparada para darle la bienvenida en su mismo nuevo idioma.

O porqué no... para decirme a mí misma en portugués, todo lo que quisiera decirle.


Obrigado...

Eu!

miércoles, 24 de octubre de 2007

Argentinos de Pié


Siempre de pié. De pié para recibir a la bandera de Ceremonia y en silencio (con la emoción contenida del momento en que aparece la celeste y blanca tela )

De pié en el colectivo que frena de golpe.

De pié frente al horno esperando a que la torta esté lista.

De pié en el subte con poco aire.

De pié esperando a que luego del timbre te abran la puerta.

Los Argentinos de pié...


Me pregunto si estar tanto de pié no nos estará haciendo mal. Médicamente hablando no hace bien al aparato circulatorio, por ejemplo. ¿Nos hará mal estar de pié para que no nos vean sentados? ¿Nos terminará perjudicando estar de pié en Argentina para que nuestros hermanos del Norte nos vean mejor?

A la final, mirá que uno se acostumbra a todo.


Siento que cada vez es más difícil estar sentados, ni hablar de recostarse un poquito a ver las estrellas. Pareciera que te sentaste... y catorce elefantes llenos de políticos, soldados, empresarios, artistas, maestros, médicos, albañiles y comerciantes te pasaron por arriba, por estar sentado.

Argentinos de Pié, porque sentarse requiere de tiempo que se pierde... por ejemplo.... no sé, de estar de pié, correr, caminar, subir o bajar. Sentarse implica tomarse un mate, tomarse un vino, jugar un truco, hacer una ronda, jugar al teléfono descompuesto, darse las manos, meditar, reflexionar...

El domingo 28 son las elecciones.

Yo voy a estar de pié, claro, y elegiré los papeles y luego, también de pié, meteré el sobre en la urna. De pié. Porque soy Argentina.


Eso sí, mas tarde, llegaré a mi casa, me quitaré los zapatos, con los pies sobre el piso daré un par de saltos, y luego me sentaré. Tranquila, como quien se saca un peso de encima y olvida que viene otro. Sí, sí, pero sentada, porque aunque en casa soy argentina, me siento.


Ya que estamos, es verdad: hablé con él. Le dije que era una verguenza, que no solo no sabía a quien votar sino que de tanto estar de pié y correr y que se yo, no tenía bien en claro que proponía cada aspirante a Presidente. Le dije que eso me avergonzaba tanto... que por suerte sabía que él me comprendía absolutamente, que igual votaría, que nunca dejé de votar, que es la oportnidad que tenemos para elegir y luego también reclamar... Me dijo que sí. Que era verdad, que nosotros nos habíamos votado y nos habíamos elegido el uno al otro. Y que por eso podíamos reclamar las promesas no cumplidas. Le dije que era otra cosa, que no se puede comparar, que no hay un límite de tiempo en esta elección y que el amor no se discute. Me dijo barbaridades, por ejemplo que deberíamos poner una fecha para realizar una nueva elección. Le dije que para mí los tiempos no existen. Soy mujer, así que no creo en los tiempos que los hombres se toman para pensar.

La conversación fué larga, muy larga. Me explicó, café instantáneo de por medio, que proponía cada partido, que virtudes y que defectos existían en ellos según su subjetividad y la objetividad de la realidad social de cada día... y al final le pregunté a quien iba a votar. Me miró muy mal, no dijo nada y sé fué (creo que balbuceó algo así como "siempre la arruinás")

Yo me quedé pensando, de pié.

lunes, 22 de octubre de 2007

quise cerrar y no pude

hoy descubrí que cuando hay humedad, las puertas de madera no cierran y si intento forzar con mi fuerza me esfuerzo sin sentido. Hasta puedo romper la puerta y así no poder dejar de contemplar lo que esa habitación guarda.
hoy descubrí que siempre se puede girar la cabeza hacia atrás, pero entonces hay que detenerse a mirar y luego sí, volver a mirar para adelante y seguir viaje.
hoy descubrí que si camino mirando para atrás me choco con todo
y me lastimo
y me caigo

martes, 9 de octubre de 2007

no se que se me perdió

No puedo ahora dedicarme a contar por qué él no quiere oirme o por qué insisto en que el me escuche. Y no puedo hacerlo porque he perdido algo, muy importante, algo que me deja un espacio vacío.
Un espacio que además de ser vacío, está oscuro y por eso, inquieto y triste. El espacio que antes ocupaba lo que perdí. O el espacio que hubiera ocupado algo si lo hubiera tenido alguna vez.
Me refiero a algo que he perdido, por eso digo que el espacio ahora está vacío.
Tal vez, nunca lo tuve, pero el espacio para eso... estaba, esperando.

¿Que pasa con el espacio para recibir un abrazo, si no se llena?
Se supone, desde la ciencia, que el espacio se cubre de una suerte de capa que contiene otra suerte de aromas, texturas y climas, que de a poco van reemplazando la necesidad del abrazo por otra necesidad, que también desde la ciencia... tiene una justificación apropiada.

Bueno, estoy liviana, es verdad, porque me falta algo... tan liviana que me vuelo. Tan liviana que no puedo sostener el globo, y otra vez se me escapa. Hacia arriba. Alto.
Lo que tiene de bueno es que puedo correr a una enorme velocidad, corro muy rápido. Tan fugases mis pisadas que apenas dejan una huella, que se borra en cuestión de segundos. Dejo detrás mío una polvareda que no me deja ver por donde anduve... y lo que viene lo veo tan cerca que me topo con el destino de golpe. Giro, me acomodo y salgo al ruedo otra vez.
Eso es estar liviano.
Eso es tener un espacio vacío.

Eso es tener algo olvidado:
Correr buscando sin darte cuenta algo que se te perdió un día.
Sostener un hilo que ata un globo que tiene un cartel con tu nombre.
Sostenerlo con una fuerza exagerada, y que por tanta energía se te vuela.
Es tener la mirada hacia todos lados, buscando minuciosamente, permanente, algo.

¿Cuán grande será lo que perdí?
¿O lo que nunca tuve?
Que ando buscando sin querer...
Que ando sin prenderle la vela a no se que santo de lo perdido...
Y todo, por no encontrar, por no saber de que color es lo que busco.

"No puedo prestarte atención", le dije, "estoy buscando algo".
Y otra vez logré que él no quiera escucharme.

Tengo que comprar café instantáneo.

lunes, 8 de octubre de 2007

Frasco


De un frasco con tapa a presión sólo se puede salir una vez, empujando con fuerza hacia arriba y listo, se sale, solo.

El ser humano encerrado en un frasco con tapa a rosca no puede salir solo, ya unque esté acompañado en el encierro, tampoco puede salir, ni él ni los demás. Todos juntos y adentro.

De un frasco con tapa a presión se sale una vez, pero si se desea volver a ingresar y más luego cerrar, no es posible.

Cerrar, abrir, enroscar o apretar.

Son movimientos. Todos.

Y los hacemos tantas veces que no podría detallar ni enumerar dichas acciones.


Salir del frasco es fácil si se sabe que no se querrá volver a entrar.

Como siempre pareciera que lo importante es tener claridad para decidir, discernir y accionar.


Ahora llueve y el frasco está abierto, acabo de salir de su interior.

Y me pregunto para qué si al ser transparente, desde allí también podía ver la lluvia, y el resto es igual.

Hay menos aire, pero por lo menos se conoce lo que se respira.


Ahora llueve y las plantas de la escalera se refrescan y mañana, vas a ver, están más verdes.


Un frasco gigante con países, el mundo entero en un frasco con tapa a rosca.

Lo que no importa es quien la desenrosca, si todos estamos adentro.

Las constelaciones todas hermosas también están.

Están los presidentes, los ricos, la clase media y la baja

las calles, los minerales

la estación de Caballito, el pan, las miradas

los abrazos, los golpes, los uniformados

la montaña más alta y el mar


Enfrascados en un gran frasco. De vidrio...

Como el del café instantáneo, que me encanta.

sábado, 22 de septiembre de 2007

El pollo

Ya el pollo está en el horno, junto a la cebolla, a las papas y a las zanahorias. El tomate no, porque va aparte, como en ensalada pero solito, muy solito. Así nos gusta. Solo. El pollo acompañado y el toamte solo.
Entonces, solo queda esperar a que se cocine, a que se dore, a que se transforme en alimento.

El me dijo que prefiere no escucharme y yo me convencí de que es mejor no hablar.

Cuando el pollo termine su proceso, ese proceso que no comencé yo. Yo no maté al pollo, el pollo habrá muerto de viejo, luego de una vida felíz, y entoces lo conseguí en una granja y pagué por él y ahora espero que termine su proceso...
En verdad no lo conseguí yo, lo consiguió él. Sin preguntarme nada, porque no quería escuchar una respuesta mía, fué y lo compró.
Lo compró porque le gusta como lo cocino en el horno, lo sé. Siempre supe que le gusta mi cocina, no la que tiene los muebles de madera, sino la que yo realizo día a día.

Ya hay olor a pollo al horno.

Antes de que el olor sea a pollo quemado, lo sacaré, lo trozaré, lo serviré, lo comeremos.

Bueno, no pude superarlo nunca.
Durante un tiempo no comí pollo, porque creía que el proceso del pollo y la gallina era otro... y ahora entiendo que los procesos son diversos. Uno era el proceso del pollo vivo y otro es el proceso del pollo... aunque me cueste decirlo, ya muerto.
Sin embargo al no colaborar en la muerte del pollo de manera directa, y sin siquiera comprar el pollo en Carrefour o en la granja, de alguna forma siento un "nosequé" luego de comerlo...
Voy cocinando un arróz integral para no sentir el martillazo en la cabeza después de cenar.
No siempre me sucede que luego de comer carne, roja, blanca, rosada, etc siento esa sensación, pero la mayoría de las veces, me pesa.

Como me pesan sus palabras cuando tengo el estómago vacío. Como el vino. Como el estómago del pollo cuando no come y su esposa gallina le dice que los huevos, que el clima, que el pollito, que los vecinos, que la granja, que la jaula, que el agua, que el ser humano... y el pollo tiene ganas de llorar, porque tiene el estómago vacío y la cabeza llena y el corazón triste.

Mejor, voy a hacer una cena especial, muy especial.
Hoy le voy a hablar.
Le voy a contar un cuento.
Le voy a hablar dulcemente...
Luego o durante la cena, mientras comemos el pollo y el arróz y los tomates y la cebolla y la zanahoria y mientras tomamos vino, le voy a contar.

Baraka se llama el film en el que muestran el proceso de los pollitos, ahora recuerdo
Fué él quien me mostró esa película por primera vez, así que lola.
Hoy, te hago el pollo y hoy te hablo.

blablablablablablabla,smmmmmmsémmmm,uffffff,yblablablablayblablabla.mmm... zzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz

domingo, 16 de septiembre de 2007

D.E.V.O.R.A.D.O.R.A.


Al principio no encontraba las cucharitas de metal con las que solía revolver el café instantáneo, que me encanta.

Las buscaba, y a menudo perdía mucho tiempo en ese ir y venir del armario violeta al escritorio y del escritorio al armario violeta, sin embargo adjudicaba la pérdida del objeto a mi desordenada acción de cada tarde.

Luego comencé a no encontrar las tazas y entonces me detuve en una de las idas al armario violeta e intenté recordar...

Recordé que de pequeña comía el dulce de batata de la Giocconda con queso, lo compraba mi abuela. Que caminaba con los zancos los domingos, que jugaba a que mi bicicleta era un colectivo y paraba tres veces por cuadra, en las veredas, para que suba y baje gente... esto era en Ramos.También recordé que les cortaba el cabello a todas mis muñecas, a las lindas y a las feas. recordé mis domingos de confesión y ostias, y recordé que siempre dejaba la taza con la cucharita de metal al lado de la computadora.

Así que dormí sabiendo donde deajaba lo que perdía. Y pude soñar de corrido hasta la mañana siguiente.


Pero más luego, la preocupación fué otra. Si bien sabía perfectamente que esos elementos no quedaban en un mundo paralelo, la sorpresa al descubrir que una mujer se comía las tazas y las cucharitas de metal fué paralizante. Lo cual me llevó a estar noches enteras sin poder dormir ni cerrar los ojos.


Simplemente se trataba de una mujer de cabello rubio, muy rubio, casi blanco, que luego de ingerir una infusión como el té o el café o el mate cocido, devoraba los elementos. Los mismos elementos que antes habríamos utilizado de la misma forma Clarisa, Susana, Pablo y yo. Todos compartíamos la oficina, pero sólo ella devoraba las cucharitas de metal y las tazas.


Fué inevitable pensar en el ruido de los dientes al morder la porcelana y el metal, y fué directamente imposible imaginar el material atravezando la garganta y aquella digestión.

La tranquilidad de saber que las cosas no desaparecen porque sí camina en paralelo a la extrañeza del sitio que se elige para guardarlas.

Luego como siempre todo se vuelve familiar, y ya nadie pierde tiempo buscando lo que sabe que no va a encontrar, por lo menos a simple vista.


YO NO TUVE UN POTRILLO

  YO NO TUVE UN POTRILLO yo no tuve un potrillo no pude verlo crecer en el campo al descuido de los eclipses y de los huesos a su galope mi ...