martes, 4 de marzo de 2008

Yoly, el muro y la crisis


Yoly llegó al Muro. Enorme, de piedra, grueso, alto, ancho, de punta a punta, y todo. Un muro.
Yoly tenía que derribarlo y por supuesto no tenía más que sus puños con sus huesos. Tenía huesos en todo su cuerpo pero estaba acostumbrada a usar las manos.. No contaba con otras herramientas.
Pensaba en derribarlo como única posibilidad pero en verdad, podría atravesarlo.

¿Porqué Yoly se había encaprichado en pasar el muro en ese preciso momento?
Tal vez, porque de lo contrario, debía volver, y según ella, venían siguiendo sus pasos cientos de recuerdos armados. Persecución que había empezado hace tiempo.

Estaba mirando a Yoly, mientras bebía una copa de vino semi recostada en una reposera en el borde de la piscina, y llegué a la conclusión: Yoly estaba en crisis.
Y la imaginé dejando sus puños, atravesando el muro con todo su cuerpo sin que se rompiera.
De aquel lado la ví sonriente y victoriosa
No sé si Yoly sabía que había del otro lado, pero sabía que no quería seguir allí.

Yoly comenzó a pegar contra el muro una y otra vez.
Situación por demás lastimosa en todo sentido.
Así que dejé de observar.

¿A quien perseguía Yoly? Seguramente había varios muros detrás de aquel muro.

Yoly llegó al Muro. Enorme, de piedra, grueso, alto, ancho, de punta a punta, y todo. Un muro.Yoly tenía que derrivarlo y por supuesto no tenía más que sus puños con sus huesos. Tenía huesos en todo su cuerpo pero estaba acostumbrada a usar las manos.. No contaba con otras herramientas.

¿Porqué llegó al Muro sin nada?

Porque es como en los juegos de mesa en los que hay un recorrido que realizar y en el transcurso de aquel tenés que ir consiguiendo objetos en el camino que de pronto pensás: "para que me sirve la moneda de oro, la llave gigante y el palo sagrado? a ver...."
... Y mientras jugás solo querés llegar porque resulta que tampoco querés llegar último y te parece que conseguir esas cosas es pérdida de tiempo. Entonces no las tomás. Y cuando llegás al final resulta que tenés que comerte la moneda de oro, abrir la puerta mágica con la llave gigante y conquistar el mundo con el palo sagrado.
Si no, nada.
Si no, como Yoly, te quedás rebotando en el final, que no es un "GAME OVER", sino, un espacio vacío antes de la siguiente etapa.

Mientras terminaba la copa de vino pensé en la crisis de Yoly, en el muro, en la posibilidad de traspasarlo, en el frío que iba a tener al meterme en el agua, en el último tramo engañoso y en la tremenda sombra velóz de los recuerdos... que te apuran, te apuran y no te dejan agarrar las herramientas en el camino.
Splash!


viernes, 29 de febrero de 2008

terminála querés!!


"No te enojes conmigo, el Señor aún no me ha terminado" decía el cuadro con la foto de una niña triste que estaba, por supuesto llorando con mirada melancólica y flores.

Estaba colgado frente a la dirección de mi escuela primaria. Una escuela de monjas buenas alemanas, y no sólo me detenía a leerlo cada día, sino que lo observaba durante un largo rato.

La foto se daba el lujo de detener el instante de una lágrima resbalando por la mejilla de la niña.


¿Me habría terminado ya el Señor?

¿Cómo saberlo? ¿Cómo verme crecer bajo el cincel del Señor?

Una vez terminada... ¿Qué se suponía que debía hacer?

Por lo menos, intuía que llegado el momento, ya podían enojarse conmigo tranquilamente.

Pero aún estaba inconclusa (pienso ahora en una escultura o en un dibujo)


Cuando un dibujo está sin terminar, faltando algunas líneas, el ojo lo cierra de la manera que le place. Pero... podía una niña ser acabada por un otro como más le gustase o gustara?


Intenté no creer en ninugún Ser Supremo que debiera terminarme algún día. Era preferible antes que creer en Uno que no tuviera las herramientas para hacerlo.


Crecer, se crece igual.


Continué confesando mis pecados por no estar terminada, cuando tal vez, no hacía falta.

Entre misas y piletas. Ganando medallas por ir más velóz. Observando las esculturas de los santos y de Cristo con sus heridas tan detalladas que hasta parecían recientes.


Luego el Templo Budista, la práctica Zazén y dejé de insistir en no creer en nada, porque de a ratos parecía caer con Alicia y los conejos.


En un momento me dí por terminada.

Ya cuando él me conoció, tenía unos trazos improvisados que me terminaban abruptamente.

-Será de Dios! Dijo él. Que linda chica.

-No entres en detalle. Le dije.

Porque en aquel momento pensé: a ver que me falta?

Y sin espejo me terminé como pude.


Todavía él, de vez en cuando, me señala la terminación y me dice:

- Sabés una cosa? Que además... no te combina


No te enojes conmigo, es cuestión de borrar y vover a dibujar.

jueves, 21 de febrero de 2008

Cuan Lejos y las Ocho Cosas


Cuan lejos se puede estar para no pensar (ni tocar)

Estábamos desayunando con café instantáneo y tostadas con dulce de arándanos (porque están de moda los arándanos y además hacen bien al aparato urinario) y observaba como se buscaba a sí mismo.
Crujía el pan tostado en su boca mientras aparecía su imagen. Inetelectual, sensible, astuto y discreto aparecía en los medios donde él se estaba buscando.
Eramos dos mirándolo: él y yo. Sin embargo veíamos a diferentes personas.
Sorbo tras sorbo de café. Pensaba en las miradas y los medios, en los ojos y los filtros.
Otra vez pasaban los desayunos en silencio desde hacía ya un tiempo.

Estaba pensando en el poco tiempo que compartíamos y que como el café y la taza, terminaban en la cocina, vacíos, cuando se me presentaron las ocho rodajas de pan tostado sobre el plato.
Ocho minutos habían pasado desde que lo miré por última vez, mi vista estaba ahora en la harina refinada, cocinada y rodajada.
Los panes como cosas.
Esas ocho cosas que quisiera hacer antes de morir.

Inmediatamente recordé que desde muy pequeña decía que iba a vivir hasta los treinta años. Como la práctica zazén me enseñó, dejé pasar de largo aquella idea o recuerdo y lo miré.
Estaba tan lejos.

Que él me mire, que él me hable, que él me abrase, que él me escuche, que él me bese, que él me juegue, que él me aparezca, que él me busque.

En ese momento la gata me rosó con su cola y siguió hasta el cuarto de las niñas. Desde allí salieron risas hermosas como música y pensé otra vez en las ocho cosas.
Entonces me gustaría seguir riendo con mis hijas siempre, viajar mucho y a todos lados, vivir un poquito en Lisboa, tocar tan bien el violín y el tambor (casi para unir Europa con Africa en un solo sonido), leer todo lo que deseo sin perderme entre las páginas, tener una casa de campo, nadar en mares, comprarme un espejo... buscar y encontrar

...y así, si hubiera nueve panes en mi mesa, agregaría una cosa. Pero ahora cada vez quedan menos.
Porque nos los comemos con el dulce de arándanos, porque hace bien al aparato urinario y para compensar el daño que nos provoca el café instantáneo, que nos encanta.

Fue una entrada exraña. Un pedido de una amiga de expresar las ocho cosas que me gustaría hacer antes de morir... Escalofrío

jueves, 14 de febrero de 2008

de la mano del agua, vamos


De la manito como cuando éramos pequeños.

¿Ibamos de la manito cuando éramos pequeños?


Mar de las Pampas, un lunes de febrero de frío y un poquito de sol. Año dos mil ocho.

Mi hermano me mira con ojos desafiantes. Mirada cómplice.


Nuestra infancia transcurrió casi toda bajo el agua, en incesantes brazadas que trazaban caminos detrás nuestro, en piletas. Interminables largos de veinticinco o de cincuenta metros con vueltas americanas. Respiraciones agitadas y sudor invisible.
Bajo el agua creciendo y superando nuestra propia marca.
Tocando el borde sabiendo que habíamos llegado.
Saliendo para volver a meternos... al agua.

Lo miré también, venciendo la "ameba" con mis propios recuerdos.
Y corrimos al mar.

El frío desapareció en el mar cálido. La gente desapareció. Solo quedamos nosotros y el mar "peligroso". Peligroso porque sus aguas no descansaban, rompían sus olas, una tras otra, con fuerza.

Uno, dos y tres... y curiosamente ninguno faltó al desafío de sumergirse completamente bajo el agua salada.
Al mismo tiempo salimos de la primer ola, nos miramos y sonreímos.
Su desafío. Mi desafío.

Entonces me tomó de la mano y continuamos entrando en el mar.
Me dijo algo de Alfonsina, sonreímos y avanzamos unos metros.

Me dejé llevar.
El me llevaba.
Tal vez como cuando éramos pequeños...

Año mil novecientos ochenta y dos.
De golpe una ola enorme me sorprendió con fuerza.
Ya estábamos distantes.

Una ola con veinticinco años me pasó por arriba, revolcándome contra la arena.

Al principio intenté oponerme a su objetivo, y luego no tuve otra opción más que darme por vencida y dejarme a la buena del agua. Creí salir en un momento, pero nuevamente contra la arena, perdiendo la noción de tiempo y espacio.

Cuando me encontré de pié ya no tenía ocho claros años, y mi dos piezas estaba fuera de lugar.
Me acomodé.
Busqué a mi hermano con la mirada.
Seguía siendo un niño jugando con las olas y en sus ojos me ví igual.

El tiempo vuelve hacia atrás en un sitio que se elige.
El agua me devuelve algo que no puedo agarrar porque se escurre entre mis manos.

Aprovecho el espejo de los ojos azules de mi hermano para verme así, con una sonrisa tímida y con un poco de miedo, para meterme más adentro, de espaldas a la costa.

Uno, dos y tres... y lo curioso es que ninguno faltó al primer intento de zambullirse en el mar. Pacto exitoso. (Acuoso. Húmedo. Salado. Dulce. Definitivo. Frágil)

Treinta y pico de años se me sumaron en total cuando salí de la ola y ví mis pisadas en la arena...

Nadie puede quitarme lo nadado

jueves, 7 de febrero de 2008

de pichones y calefones


Una mañana encontré en la puerta de casa un pichoncito de pajarito muerto.

Otra mañana, también temprano, hallé otro pichoncito muerto en la puerta de casa.


Una tarde MetroGas me cortó el gas propiamente dicho por una pérdida en la vereda. Era por la época en la que él se había ido de nuestra casa porque los destinos nos jugaban a diferentes deportes (ya ni se podía competir) así que además de no tener gas, tampoco lo tenía a él.

La cuestión es que contraté un gasista m a t r i c u l a d o que quitó el calefón para romper la pared (también rompió muchas otras cosas, como vidrios, un plato y un caño de agua) y realizar el negocio que llevan a cabo en estas situaciones la empresa de gas con los gasistas.

Pero algo extraño ocurrió. El señor arreglador del gas me dijo:

- Señora, mire. Esto le estaba tapando gran parte de la salida del calefón. Suele suceder.

Mientras me mostraba un nido de pájaros entre sus negruzcas y polvorientas manos.

- No lo puedo creer. Le dije, casi entre lágrimas.

En verdad no sabía si llorar porque los pajaritos ya no tendrían nido para sus pichones, porque podríamos haber muerto asfixiados por la salida tapada del calefón, o porque él no estaba para ver el fenómeno.


Sucede que la salida del calefón, ese caño que sale para afuera, atravesando la pared y que tiene un sombrerito del lado externo superior, suele ser cálido, obviamente por el calor del aparato que calienta el agua, y parece ser que la temperatura es ideal para el desarrollo de los huevos primero y de los pichones luego... de los pájaros.

Que bonito.

Adoro la naturaleza, pero no cuando se empecina en formar parte de la obra del ser humano, de manera caprichosa e invasiva.


Las hermosas y cantoras aves anidan en la salida del calefón, y allí es donde ponen huevos.

Más tarde, al bañarnos con agua caliente, o al lavar los platos, o simplemente con el calor del piloto de mi calefón, los huevos reciben el calor que necesitan para transformarse en pequeños pajaritos desplumados o pichones.

Pichones que luego caen a la calle porque les cuesta salir del nido, o porque creen que ya aprendieron a volar, o no quiero pensar en que tan pequeños quieran suicidarse (no es una acción propia de los animales)

Lo real es que caen y mueren, o caen muertos.

Da igual.


Esta mañana salía de casa apurada y apenas bajé la vista lo ví. El pichón estaba en el piso. Como son los pichones, rosados y un poco transparentes, con el pico ya terminado y los ojos grandes.

Observé que no respiraba y ya no lo coloqué en una bolsa, ni lo enterré en el arbolito de mi vereda, lo empujé con el pié hasta la calle, y me fuí. Llegaba tarde al trabajo.


En el trayecto pensaba en deshacer el nido nuevamente, porque de esta forma no colaboro con el normal desarrollo del medio ambiente.

Ya en el colectivo, afirmaba mi teoría de quitar el nido de allí, poniéndome en el lugar de las aves... porque si alguien se diera cuenta que estamos habitando una casa que de un momento a otro, al salir por la puerta cayéramos al vacío de a uno y de a poco... bueno, me gustaría que me avisen y me recomienden una mudanza.


Definitivamente me entristece comenzar el día a punto de pisar un pichón muerto en la puerta de casa, así que voy a sacar el calefón

y después el nido.


Y le voy a mostrar el fenómeno.

martes, 29 de enero de 2008

Piedrazo existencial

Hace tiempo que me sucede lo mismo.
Cuando sin pensar en la felicidad, me siento cómoda y en unidad con el cosmos. Cuando terminando de cocinar no pienso en nada y siento una sonrisa en mi cara.
Cuando estoy en ese estado…
Zaz!
Cae una piedra sobre mí cabeza, o rebota a mi alrededor.
Miro hacia todos lados para ver si descubro de donde vino aquel contundente realismo. Nunca encuentro nada. Nunca encuentro a nadie.
Y pienso en la soledad.
Y pienso en la muerte que podría haberme provocado el piedrazo.
Luego pienso en la maldad gratuita y en la maldad bien remunerada, en las diferencias sociales.
Pienso en quien (carajo) se toma la molestia de arrojarme una piedra, si es que es alguien, o no.

Siempre el mismo piedrazo.
Y la piedra? Se pierde mucho antes que concluya mi reflexión:
El piedrazo es el que me hace ver que estaba en un momento felíz.
Pero… como es posible que tenga que pagar tan caro un simple espacio?
Y así ando, llena de moretones y marcas que se borran rápidamente.
La piedra y el rastro se borran al mismo tiempo. Solo quedo yo y todos los planteos que me ayuden a hundirme bien hondo, bien abajo, donde nadie me vea, donde una piedra no tenga otro destino que chocar con la tierra.

Tampoco se exactamente como salgo, siempre, de allí abajo.
Creo que es un haz de luz o un viento al revés, como una aspiradora
No se, pero es cierto que otra vez sé que estaba sintiendo felicidad, porque acabo de recibir un piedrazo existencial.

Ay, la piedra filosofal duele.

esperar que la pava hierva


A mi amiga, la que espera que hierva el agua de la pava, le dije que era cuestión de tiempo.

Que el dolor de un dedo agarrado por la puerta dura un determinado tiempo.
Luego pasa.
Más luego te olvidás de cómo te dolía
En menos de lo esperado te lo volvés a agarrar.

Pero a mi amiga, la que espera que hierva el agua de la pava, le pasaba otra cosa.
El agua se le hervía y para el mate no le servía.
¿Pero no es que esperás eso? - Le dije
Sí, pero es una forma de decir… esperar que el agua hierva, esperar que esté lista para el mate.

- Me dijo casi enojada
Tal vez hay que esperar que el agua esté lista para el mate y no "que hierva…" - le aclaré

Mi amiga, la que espera que hierva el agua de la pava, llegó a su casa tarde.
Puso la pava en el fuego casi al mismo tiempo que la música.
En el estribillo del tercer tema escuchó el agudo silbido de la pava.
Entonces tiró la mitad del agua en la pileta de la cocina, llenó lo que quedaba, y como siempre volvió a ponerla sobre el fuego…
Se calentaban de la misma forma los pensamientos en su cabeza, y cuando se vislumbraban puntos de solución, los 100 grados centígrados entraban en ebullición y otra vez… había que tirar el agua… y todo era una porquería.
Todo, hasta los grados de la temperatura estaban en su contra, junto a aquel amor lejano del hombre que vive lejos. También la pava deteriorada y la humedad.

El jueves pasado la ví:

Ya no espera el agua que sabe que no le va a servir…

Ella llega, pone la pava en el fuego, la música, y cuando el agua hierve, quita la pava del fuego, rápidamente y sin repasador. Abre el freeazer, toma unos hielos, se los tira adentro de la burbujeante agua y se acabó.

El que cantaba en el disco también terminó, así, como el chán chán del final de un tango.
Entonces disfruta de unos ricos mates y piensa en otra cosa.

Su experiencia y el fastidio que me produce sacar los cubitos de la hielera, me ayudaron a no esperar que hierva el agua.
A agarrar lo que estaba esperando antes que siga de largo o antes de que se transforme en lo que se que no me va a agustar.
Si bien, a veces, el error está en lo que espero… pero no voy a discutir otra vez

Además, sabemos que la línea que separa un grado centígrado de otro (y eso es muy pequeño) puede arruinarlo TODO, o transformar, evolucionar, como sea... ya es otra cosa.

Te queda igual?


no quiero quemar mi lengua

lunes, 28 de enero de 2008

una escena


El día en el que me besó por primera vez, vi la vía láctea claramente,

y la noche era nueva.

Sucedió luego de ir al circo.

Yo no pisaba un circo desde los siete años, donde me sacaron la fotito que se mira a través de la lupa...

Esa noche ví una moto volando, una mujer partida al medio y entera luego, un clown, acróbatas al borde, músicos pintados. Luego de todo eso, él me besó.
Como andaba por esos tiempos en donde repartía colores gratis. Donde esperaba horas nada. Cuando nada llegaba. Y mi melancólica mirada se escondía.
Como andaba pisando colchones y pegando saltos. Mojando mi cabello con el agua de lluvia y abriendo la boca para beberla.
Un personaje que atado a un globo volaba a la altura de las miradas, y así fue a dar con sus ojos.

Luego, como era de esperar, empezamos a armar las escenas.
Improvisaciones casi todas, terminaban siendo capítulos enteros de telenovelas o comedias norteamericanas.
O las más complejas como algunos dramas europeos, actuando una tristeza desmesurada hasta el primer plano de las lágrimas.
La lágrima en primerísimo primer plano resbalando por mi mejilla y entrando en la taza del café instantáneo, salpicando la mesa. Cámara lenta.


Toma uno, toma dos, toma tres, acción y otra vez mi libreto está en blanco.
Ni una letra para estudiar frente al espejo. No se que decir y me río
Hablo, me pregunto y me respondo por dentro, en silencio...
El filma mi mirada, está fascinado.

Toma uno, toma dos, toma tres, acción y ahora mi libreto está desbordado de palabras, monigotes, letras invertidas, tachaduras, caras dibujadas, números, cuentas.
Mi personaje tiene los textos de casi todos los integrantes del elenco.
Estoy mareada.
No tengo espejo para verme ni tiempo para ensayar.

Querías protagonizar la historia? Me dijo...
y ahora que hacemos? Ya firmamos los contratos, continuó...
Le respondí con una vuelta carnero, tres eles juntas, con la palabras mamá libro comechingones y poroto, con un ademán y una mueca.

Extraño el silencio, la página sin palabras. Nunca tuve "el miedo a la hoja en blanco"
¿Porqué, así, derepente, tengo tanto papel?
A veces hasta soy la escenografía de la obra, y hasta compongo las melodías y efectos especiales.
Hago dobles de riesgo y no me pasa nada
Hago de animales y también sostengo la luz para generar un clima.

Hablamos al mismo tiempo. Nos pisamos. Nos miramos para girar al mismo tiempo en una coreografía de danza contemporánea, donde rebotamos y saltamos al compás de cualquier ruido. Todas las escenas dicen sin orden.
El final al principio, anulando todo lo que viene luego

Cada día amanece el día del estreno.

Están dopados los enamorados? dice en una hermosa canción, Gabo Ferro...



martes, 22 de enero de 2008

En enero contra el suelo

Hace una semana aproximadamente llegué desde San Luis de una manera muy especial. Parece que fuí a dar con el suelo del barrio de Flores de la Ciudad Autónoma de Buenoa Aires, de golpe... de un salto involuntario desde el Cerro de Oro en la Villa de Merlo hasta acá, tardando días en despegarme de las baldosas del pasaje donde está ubicada mi casa. Curiosamente mi cráneo con el cerebro y todo eso, estaba intacto, por lo que me fué muy complicado pensar en ese regreso repentino. Mi cuerpo cansado, muy cansado, con un poco de fiebre y mareos.

Luego de unos días tomé la decisión de guardar aunque sea, la carpa en un armario.
Al tercer día, puse los dedos en aceite hirviendo para ver si todo era un sueño, y si yo, tal vez, estaría en verdad en las maravillosas sierras, respirando un increíble aire puro, a los pies de un arroyito de agua cristalina...
En el Instituto del Quemado me pusieron una crema antibiótico y me vendaron toda la mano. Luego volví por una curación, y cuando la enfermera quitaba mi piel con una tela y veía estrellas de esas que duelen, caí en la cuenta que no tengo fe. Necesito tener fe, al menos para decir: "por dios" o "ay dios mío" con certeza que estoy diciendo algo coherente.

La cuestión es que bruscamente regresé y acá estoy: diciéndole a él todo el tiempo que no creo estar acá, que como puede ser, que para que la ciudad, que porque no un pueblo, que las montañas, que la música del agua, en fin...

En cuanto termine de arreglar la vereda de casa (porque la rompí al caer y porque algunos vecinos se quejaron) voy a relatar un poco ese viaje a San Luis.

Encantada de volver.

miércoles, 19 de diciembre de 2007

la bola de cosas


El me dijo que por la mañana no se puede establecer conmigo ningún tipo de contacto.

Esa mañana de sol y brisa, como tantas otras, café instantáneo de por medio, lo perseguí por toda la casa nombrándole todas y cada una de las cosas que deberíamos haber hecho desde hace varios años. Le estaba hablando de la puerta del baño que no cierra desde que compramos la casa mientras se lavaba los dientes y le reprochaba no haber revisado ni uno de los cuadernos de la niña más grande, a la vez que mechaba el monólogo con mi lista pendiente, como por ejemplo no haber llamado a mi maestro de violín desde julio. Todo eso le contaba mientras el intentaba improvisar su día de la mejor manera.

Veía, como en un termómetro, como mis palabras iban aumentando la linea roja, desde los pies a la cabeza, ya estaba por el cuello. Y no paré.

No lo hice hasta que me dijo: saqué los pasajes. Nos vamos a la montaña, así que guardá la bola de cosas en algún lado y vamos.


De eso se trataba, de cambiar una mochila por otra. De una mochila muy pesada a otra bastante más liviana.

Al principio me indigné, porque no podía ser de otra manera, y le dije:


Vos pensás que podés decidir cuando puedo subir a una montaña o cuando debo dejar mi bola de cosas? ¿Donde puedo dejar esto ahora? ¿Vos me garantizás que cuando baje de la montaña y regrese aquí, la bola de cosas no habrá aumentado de tamaño considerablemente? ¿Cómo pretendés que apriete pausa y me duerma en blanco en una carpa?


Intenté deshacerme de la bola de cosas, porque no era posible cargar la cocinita, la carpa, las bolsas de dormir, la ropa, las niñas, los juguetes, el inflador, las estacas y demás, teniendo semejante bártulo encima. Así que estuve separando aquellas cuestiones que no disfrutarían del paisaje, como las cuentas pendientes, el ABL, los gatos, el perro, el informe de gestión de mi trabajo del año 2007, la pc, el secador de pelo, la cera, el cine, los reclamos familiares y los úlitmos caprichos sin consuelo. Dejé todo en una caja, y si bien algunas cosas volvieron a mí como un imán, el peso era otro. No me preocupé por aquellas cosas porque sabía que existía la posibilidad de dejar algo en la punta de la montaña o encender algún fuego una noche apacible.


La mochila estuvo lista rápidamente y como siempre tuve la sensación de olvidarme todo, tal vez era mi deseo.

Al cerrar el cierre, me senté arriba de los bolsos, y miré la puerta sin pensar en nada.

Luego de unos minutos, ya con la mochila, y el protector 15 en mi piel, noté su mirada.

No hizo falta ninguna palabra.

Faltaban aún nueve días para partir.

Llorando por dentro le dije que era un ensayo.

Miré la caja que contenía la bola de cosas y pensé.

Mientras escuchaba la música de mi vecino Favio, una cumbia, me quité la mochila pero no abrí la caja.

No lo hice.

No tenía porqué.


despuésm de todo, la bola de cosas sabría que en algún momento volvería...


lunes, 10 de diciembre de 2007

se dice que una niña se volaba como un globo y se dice que una mujer intenta sostener otro con firmeza entre sus manos



Así que una niña se volaba a cada rato por un fuerte viento. Por suerte la agarraba siempre la misma vecina al verla pasar volando por la ventana de su departamento. La tiraba para adentro, de un brazo a veces, otras veces de una pierna, la bañaba, la peinaba y la perfumaba. La sentaba frente a los dibujitos animados y los miraba con ella. Mas tarde, ya entrada la noche, su mamá la pasaba a buscar y la tironeaba hasta su casa, balbuceando palabras de disgusto, porque no entendía como aún no tenía el peso suficiente.

No era la niña, era el viento.
No era la vecina, era el destino.
El lugar que escoge una hoja para dejar
de volar.
El sitio en el que reposa la mariposa.


Tal vez, lo extraño en todo esto, no sea ni una hoja ni una mariposa

Sin embargo cada viento fuerte le volaba el cabello y le abría la boca, tan pero tan grande, que sentía casi la mandíbula partida. Al principio se agarraba fuerte del gato, quien astutamente se soltaba, entonces se sostenía de la manija de la puerta de su cuarto. Fuerte, fuerte, fuerte y otra vez se soltaba. El intento por sostenerse y salir victoriosa frente al fuerte viento, la lastimaba, y creo que ya al final de la resistencia, se soltaba orgullosa sabiendo que venía la mejor parte:

La parte en la que imaginaba ser un globo.

Una niña que vuela puede parecer un globo.
Una mujer que vuela es difícil de imaginar. En todo caso puede parecer alguna alucinación causada por alguna droga, un vestuario con relleno, una visón extraña, un grupo de bolsas arrojadas a la calle y a su suerte, un cartel desprendido, etc… en fin, cualquier cosa, menos un globo.


Una niña que vuela puede imaginar ser un globo.Una mujer que vuela no puede imaginar ser un globo. Tal vez crea en algún ataque terrorista, en alguna mala jugada del destino, en alguna tarea que quedó pendiente.


Lo cierto que es que un buen día en el que el viento continuaba muy fuerte, la vecina se mudó y la niña creció. También su peso aumentó y entonces ya no tenía que sostenerse del gato ni necesitó agarrar la manija de su cuarto para no volarse.


No se sabe que ocurrió primero, si la mudanza de la vecina o su crecimiento.
Sí se sabe que ya no vuela.
Desde su ventana observa algunos globos pasar y los agarra inmediatamente, pero siempre son simplemente globos.
A veces se detiene en el medio de un parque, abre sus brazos y siente la brisa suave que la atraviesa y siente su cuerpo lleno de aire sobre la tierra.
Señal de que ya no se vuela.
Señal de que no olvida.

Mientras tanto yo, camino intentando sostener una goma rellena de aire y atada con un hilo…

YO NO TUVE UN POTRILLO

  YO NO TUVE UN POTRILLO yo no tuve un potrillo no pude verlo crecer en el campo al descuido de los eclipses y de los huesos a su galope mi ...