
Cuando sin pensar en la felicidad, me siento cómoda y en unidad con el cosmos. Cuando terminando de cocinar no pienso en nada y siento una sonrisa en mi cara.
Cuando estoy en ese estado…
Zaz!
Cae una piedra sobre mí cabeza, o rebota a mi alrededor.
Miro hacia todos lados para ver si descubro de donde vino aquel contundente realismo. Nunca encuentro nada. Nunca encuentro a nadie.
Y pienso en la soledad.
Y pienso en la muerte que podría haberme provocado el piedrazo.
Luego pienso en la maldad gratuita y en la maldad bien remunerada, en las diferencias sociales.
Pienso en quien (carajo) se toma la molestia de arrojarme una piedra, si es que es alguien, o no.
Siempre el mismo piedrazo.
Y la piedra? Se pierde mucho antes que concluya mi reflexión:
El piedrazo es el que me hace ver que estaba en un momento felíz.
Pero… como es posible que tenga que pagar tan caro un simple espacio?
Y así ando, llena de moretones y marcas que se borran rápidamente.
La piedra y el rastro se borran al mismo tiempo. Solo quedo yo y todos los planteos que me ayuden a hundirme bien hondo, bien abajo, donde nadie me vea, donde una piedra no tenga otro destino que chocar con la tierra.
Tampoco se exactamente como salgo, siempre, de allí abajo.
Creo que es un haz de luz o un viento al revés, como una aspiradora
No se, pero es cierto que otra vez sé que estaba sintiendo felicidad, porque acabo de recibir un piedrazo existencial.
Ay, la piedra filosofal duele.