
"No te enojes conmigo, el Señor aún no me ha terminado" decía el cuadro con la foto de una niña triste que estaba, por supuesto llorando con mirada melancólica y flores.
Estaba colgado frente a la dirección de mi escuela primaria. Una escuela de monjas buenas alemanas, y no sólo me detenía a leerlo cada día, sino que lo observaba durante un largo rato.
La foto se daba el lujo de detener el instante de una lágrima resbalando por la mejilla de la niña.
¿Me habría terminado ya el Señor?
¿Cómo saberlo? ¿Cómo verme crecer bajo el cincel del Señor?
Una vez terminada... ¿Qué se suponía que debía hacer?
Por lo menos, intuía que llegado el momento, ya podían enojarse conmigo tranquilamente.
Pero aún estaba inconclusa (pienso ahora en una escultura o en un dibujo)
Cuando un dibujo está sin terminar, faltando algunas líneas, el ojo lo cierra de la manera que le place. Pero... podía una niña ser acabada por un otro como más le gustase o gustara?
Intenté no creer en ninugún Ser Supremo que debiera terminarme algún día. Era preferible antes que creer en Uno que no tuviera las herramientas para hacerlo.
Crecer, se crece igual.
Continué confesando mis pecados por no estar terminada, cuando tal vez, no hacía falta.
Entre misas y piletas. Ganando medallas por ir más velóz. Observando las esculturas de los santos y de Cristo con sus heridas tan detalladas que hasta parecían recientes.
Luego el Templo Budista, la práctica Zazén y dejé de insistir en no creer en nada, porque de a ratos parecía caer con Alicia y los conejos.
En un momento me dí por terminada.
Ya cuando él me conoció, tenía unos trazos improvisados que me terminaban abruptamente.
-Será de Dios! Dijo él. Que linda chica.
-No entres en detalle. Le dije.
Porque en aquel momento pensé: a ver que me falta?
Y sin espejo me terminé como pude.
Todavía él, de vez en cuando, me señala la terminación y me dice:
- Sabés una cosa? Que además... no te combina
No te enojes conmigo, es cuestión de borrar y vover a dibujar.