viernes, 29 de febrero de 2008

terminála querés!!


"No te enojes conmigo, el Señor aún no me ha terminado" decía el cuadro con la foto de una niña triste que estaba, por supuesto llorando con mirada melancólica y flores.

Estaba colgado frente a la dirección de mi escuela primaria. Una escuela de monjas buenas alemanas, y no sólo me detenía a leerlo cada día, sino que lo observaba durante un largo rato.

La foto se daba el lujo de detener el instante de una lágrima resbalando por la mejilla de la niña.


¿Me habría terminado ya el Señor?

¿Cómo saberlo? ¿Cómo verme crecer bajo el cincel del Señor?

Una vez terminada... ¿Qué se suponía que debía hacer?

Por lo menos, intuía que llegado el momento, ya podían enojarse conmigo tranquilamente.

Pero aún estaba inconclusa (pienso ahora en una escultura o en un dibujo)


Cuando un dibujo está sin terminar, faltando algunas líneas, el ojo lo cierra de la manera que le place. Pero... podía una niña ser acabada por un otro como más le gustase o gustara?


Intenté no creer en ninugún Ser Supremo que debiera terminarme algún día. Era preferible antes que creer en Uno que no tuviera las herramientas para hacerlo.


Crecer, se crece igual.


Continué confesando mis pecados por no estar terminada, cuando tal vez, no hacía falta.

Entre misas y piletas. Ganando medallas por ir más velóz. Observando las esculturas de los santos y de Cristo con sus heridas tan detalladas que hasta parecían recientes.


Luego el Templo Budista, la práctica Zazén y dejé de insistir en no creer en nada, porque de a ratos parecía caer con Alicia y los conejos.


En un momento me dí por terminada.

Ya cuando él me conoció, tenía unos trazos improvisados que me terminaban abruptamente.

-Será de Dios! Dijo él. Que linda chica.

-No entres en detalle. Le dije.

Porque en aquel momento pensé: a ver que me falta?

Y sin espejo me terminé como pude.


Todavía él, de vez en cuando, me señala la terminación y me dice:

- Sabés una cosa? Que además... no te combina


No te enojes conmigo, es cuestión de borrar y vover a dibujar.

jueves, 21 de febrero de 2008

Cuan Lejos y las Ocho Cosas


Cuan lejos se puede estar para no pensar (ni tocar)

Estábamos desayunando con café instantáneo y tostadas con dulce de arándanos (porque están de moda los arándanos y además hacen bien al aparato urinario) y observaba como se buscaba a sí mismo.
Crujía el pan tostado en su boca mientras aparecía su imagen. Inetelectual, sensible, astuto y discreto aparecía en los medios donde él se estaba buscando.
Eramos dos mirándolo: él y yo. Sin embargo veíamos a diferentes personas.
Sorbo tras sorbo de café. Pensaba en las miradas y los medios, en los ojos y los filtros.
Otra vez pasaban los desayunos en silencio desde hacía ya un tiempo.

Estaba pensando en el poco tiempo que compartíamos y que como el café y la taza, terminaban en la cocina, vacíos, cuando se me presentaron las ocho rodajas de pan tostado sobre el plato.
Ocho minutos habían pasado desde que lo miré por última vez, mi vista estaba ahora en la harina refinada, cocinada y rodajada.
Los panes como cosas.
Esas ocho cosas que quisiera hacer antes de morir.

Inmediatamente recordé que desde muy pequeña decía que iba a vivir hasta los treinta años. Como la práctica zazén me enseñó, dejé pasar de largo aquella idea o recuerdo y lo miré.
Estaba tan lejos.

Que él me mire, que él me hable, que él me abrase, que él me escuche, que él me bese, que él me juegue, que él me aparezca, que él me busque.

En ese momento la gata me rosó con su cola y siguió hasta el cuarto de las niñas. Desde allí salieron risas hermosas como música y pensé otra vez en las ocho cosas.
Entonces me gustaría seguir riendo con mis hijas siempre, viajar mucho y a todos lados, vivir un poquito en Lisboa, tocar tan bien el violín y el tambor (casi para unir Europa con Africa en un solo sonido), leer todo lo que deseo sin perderme entre las páginas, tener una casa de campo, nadar en mares, comprarme un espejo... buscar y encontrar

...y así, si hubiera nueve panes en mi mesa, agregaría una cosa. Pero ahora cada vez quedan menos.
Porque nos los comemos con el dulce de arándanos, porque hace bien al aparato urinario y para compensar el daño que nos provoca el café instantáneo, que nos encanta.

Fue una entrada exraña. Un pedido de una amiga de expresar las ocho cosas que me gustaría hacer antes de morir... Escalofrío

jueves, 14 de febrero de 2008

de la mano del agua, vamos


De la manito como cuando éramos pequeños.

¿Ibamos de la manito cuando éramos pequeños?


Mar de las Pampas, un lunes de febrero de frío y un poquito de sol. Año dos mil ocho.

Mi hermano me mira con ojos desafiantes. Mirada cómplice.


Nuestra infancia transcurrió casi toda bajo el agua, en incesantes brazadas que trazaban caminos detrás nuestro, en piletas. Interminables largos de veinticinco o de cincuenta metros con vueltas americanas. Respiraciones agitadas y sudor invisible.
Bajo el agua creciendo y superando nuestra propia marca.
Tocando el borde sabiendo que habíamos llegado.
Saliendo para volver a meternos... al agua.

Lo miré también, venciendo la "ameba" con mis propios recuerdos.
Y corrimos al mar.

El frío desapareció en el mar cálido. La gente desapareció. Solo quedamos nosotros y el mar "peligroso". Peligroso porque sus aguas no descansaban, rompían sus olas, una tras otra, con fuerza.

Uno, dos y tres... y curiosamente ninguno faltó al desafío de sumergirse completamente bajo el agua salada.
Al mismo tiempo salimos de la primer ola, nos miramos y sonreímos.
Su desafío. Mi desafío.

Entonces me tomó de la mano y continuamos entrando en el mar.
Me dijo algo de Alfonsina, sonreímos y avanzamos unos metros.

Me dejé llevar.
El me llevaba.
Tal vez como cuando éramos pequeños...

Año mil novecientos ochenta y dos.
De golpe una ola enorme me sorprendió con fuerza.
Ya estábamos distantes.

Una ola con veinticinco años me pasó por arriba, revolcándome contra la arena.

Al principio intenté oponerme a su objetivo, y luego no tuve otra opción más que darme por vencida y dejarme a la buena del agua. Creí salir en un momento, pero nuevamente contra la arena, perdiendo la noción de tiempo y espacio.

Cuando me encontré de pié ya no tenía ocho claros años, y mi dos piezas estaba fuera de lugar.
Me acomodé.
Busqué a mi hermano con la mirada.
Seguía siendo un niño jugando con las olas y en sus ojos me ví igual.

El tiempo vuelve hacia atrás en un sitio que se elige.
El agua me devuelve algo que no puedo agarrar porque se escurre entre mis manos.

Aprovecho el espejo de los ojos azules de mi hermano para verme así, con una sonrisa tímida y con un poco de miedo, para meterme más adentro, de espaldas a la costa.

Uno, dos y tres... y lo curioso es que ninguno faltó al primer intento de zambullirse en el mar. Pacto exitoso. (Acuoso. Húmedo. Salado. Dulce. Definitivo. Frágil)

Treinta y pico de años se me sumaron en total cuando salí de la ola y ví mis pisadas en la arena...

Nadie puede quitarme lo nadado

jueves, 7 de febrero de 2008

de pichones y calefones


Una mañana encontré en la puerta de casa un pichoncito de pajarito muerto.

Otra mañana, también temprano, hallé otro pichoncito muerto en la puerta de casa.


Una tarde MetroGas me cortó el gas propiamente dicho por una pérdida en la vereda. Era por la época en la que él se había ido de nuestra casa porque los destinos nos jugaban a diferentes deportes (ya ni se podía competir) así que además de no tener gas, tampoco lo tenía a él.

La cuestión es que contraté un gasista m a t r i c u l a d o que quitó el calefón para romper la pared (también rompió muchas otras cosas, como vidrios, un plato y un caño de agua) y realizar el negocio que llevan a cabo en estas situaciones la empresa de gas con los gasistas.

Pero algo extraño ocurrió. El señor arreglador del gas me dijo:

- Señora, mire. Esto le estaba tapando gran parte de la salida del calefón. Suele suceder.

Mientras me mostraba un nido de pájaros entre sus negruzcas y polvorientas manos.

- No lo puedo creer. Le dije, casi entre lágrimas.

En verdad no sabía si llorar porque los pajaritos ya no tendrían nido para sus pichones, porque podríamos haber muerto asfixiados por la salida tapada del calefón, o porque él no estaba para ver el fenómeno.


Sucede que la salida del calefón, ese caño que sale para afuera, atravesando la pared y que tiene un sombrerito del lado externo superior, suele ser cálido, obviamente por el calor del aparato que calienta el agua, y parece ser que la temperatura es ideal para el desarrollo de los huevos primero y de los pichones luego... de los pájaros.

Que bonito.

Adoro la naturaleza, pero no cuando se empecina en formar parte de la obra del ser humano, de manera caprichosa e invasiva.


Las hermosas y cantoras aves anidan en la salida del calefón, y allí es donde ponen huevos.

Más tarde, al bañarnos con agua caliente, o al lavar los platos, o simplemente con el calor del piloto de mi calefón, los huevos reciben el calor que necesitan para transformarse en pequeños pajaritos desplumados o pichones.

Pichones que luego caen a la calle porque les cuesta salir del nido, o porque creen que ya aprendieron a volar, o no quiero pensar en que tan pequeños quieran suicidarse (no es una acción propia de los animales)

Lo real es que caen y mueren, o caen muertos.

Da igual.


Esta mañana salía de casa apurada y apenas bajé la vista lo ví. El pichón estaba en el piso. Como son los pichones, rosados y un poco transparentes, con el pico ya terminado y los ojos grandes.

Observé que no respiraba y ya no lo coloqué en una bolsa, ni lo enterré en el arbolito de mi vereda, lo empujé con el pié hasta la calle, y me fuí. Llegaba tarde al trabajo.


En el trayecto pensaba en deshacer el nido nuevamente, porque de esta forma no colaboro con el normal desarrollo del medio ambiente.

Ya en el colectivo, afirmaba mi teoría de quitar el nido de allí, poniéndome en el lugar de las aves... porque si alguien se diera cuenta que estamos habitando una casa que de un momento a otro, al salir por la puerta cayéramos al vacío de a uno y de a poco... bueno, me gustaría que me avisen y me recomienden una mudanza.


Definitivamente me entristece comenzar el día a punto de pisar un pichón muerto en la puerta de casa, así que voy a sacar el calefón

y después el nido.


Y le voy a mostrar el fenómeno.