domingo, 30 de septiembre de 2007

el regreso de la palabra

El pintó un cuadro. Hermoso, con los colores armoniosos y una sólida estructura, pero apenas visible. En la obra había unos cubos cayendo por un precipicio, los cubos verdes, el precipicio amarillo, lo demás de un rojo tierra... Hermoso dije antes, y es verdad, así era.
El pintó un cuadro y esperó una respuesta.
Esperó que yo hablara, que emitiera un sonido, que exprese un gesto, que aunque sea refleje un cubo, que diga algo.
Y como desde pequeña, tan respetuosa por el silencio del otro, no dije nada. Quería decir, pero no lo hice, porque no trasgredo las leyes, porque no había bebido demás, porque sabía que hasta entonces... él, no quería escucharme.

El otro me había invitado una copa de vino en la esquina de San Juan y Boedo una tarde de abril. También unos tacos mexicanos en un resto de palermo y una caminata por el borde del río. Las invitaciones, hasta entonces rechazadas eran para escucharme. Sí, para oir mi voz, hablando de diversos temas, de cualquier cosa, de historia argentina, de la revolución, de la época de Alfonsín, de los peronistas, de arte, de mi música, de películas, de la prehistoria y porqué no... de él. Le dije que la verdad es que yo estaba empecinada en que mis palabras fueran oídas por las orejas, dicho vulgarmente, del otro, del que no quería escucharme.
Sabiamente, me dió un par de consejos y me miró con... odio.
El odio es un piquete de múltiples sentimientos de cólera, ira, indignación, bronca, desilución, etc, que se juntan para ganar tiempo y expresar todo de una buena vez.
El odio es, por otra parte lo que sienten alguna vez los que aman alguna otra y lo que se dice afinando los ojos, de esta forma.
El odio no es bueno.
Pero si aparece... Entonces recibí el odio y recordé cuando Matías, un compañerito de la primaria, luego de declararme su amor y ser rechazado, les regalaba golosinas a todas mis compañeras, menos a mí. Y eso me dolía... No lo odié, porque tenía asma, o sea... poco aire.

La cuestión es que ese día, luego de pintar su cuadro, me miró y me dijo: "Y... ¿Qué te parece?"
Lo miré con los ojos muy abiertos y entendí que necesitaba una palabra mía.
Tomé un vaso de agua porque tenía la garganta seca y le dije: "me parece maravilloso no sabía que pintabas y que un cuadro podría transmitir semejante sensación siempre los museos me aburrieron tanto... a pesar de ser pintora claro, pero mucho tiempo me mentí visitando galerías de arte, tomando vino en inauguraciones llenas de artistas y haciendo un enorme esfuerzo alguna vez me emocioné... pero la verdad es que tu cuadro es... ni más ni menos que el motivo de la vuelta de mi palabra... " El me interrumpió para indagar un poco más en los aspectos de la técnica, etc... Mientras tanto yo acotaba algunos comentarios plásticos, siempre sonriendo, porque estaba felíz.
También tomamos café instantáneo, que nos encanta.

Luego pensé sin hablar

Y me ví tan linda

sábado, 22 de septiembre de 2007

El pollo

Ya el pollo está en el horno, junto a la cebolla, a las papas y a las zanahorias. El tomate no, porque va aparte, como en ensalada pero solito, muy solito. Así nos gusta. Solo. El pollo acompañado y el toamte solo.
Entonces, solo queda esperar a que se cocine, a que se dore, a que se transforme en alimento.

El me dijo que prefiere no escucharme y yo me convencí de que es mejor no hablar.

Cuando el pollo termine su proceso, ese proceso que no comencé yo. Yo no maté al pollo, el pollo habrá muerto de viejo, luego de una vida felíz, y entoces lo conseguí en una granja y pagué por él y ahora espero que termine su proceso...
En verdad no lo conseguí yo, lo consiguió él. Sin preguntarme nada, porque no quería escuchar una respuesta mía, fué y lo compró.
Lo compró porque le gusta como lo cocino en el horno, lo sé. Siempre supe que le gusta mi cocina, no la que tiene los muebles de madera, sino la que yo realizo día a día.

Ya hay olor a pollo al horno.

Antes de que el olor sea a pollo quemado, lo sacaré, lo trozaré, lo serviré, lo comeremos.

Bueno, no pude superarlo nunca.
Durante un tiempo no comí pollo, porque creía que el proceso del pollo y la gallina era otro... y ahora entiendo que los procesos son diversos. Uno era el proceso del pollo vivo y otro es el proceso del pollo... aunque me cueste decirlo, ya muerto.
Sin embargo al no colaborar en la muerte del pollo de manera directa, y sin siquiera comprar el pollo en Carrefour o en la granja, de alguna forma siento un "nosequé" luego de comerlo...
Voy cocinando un arróz integral para no sentir el martillazo en la cabeza después de cenar.
No siempre me sucede que luego de comer carne, roja, blanca, rosada, etc siento esa sensación, pero la mayoría de las veces, me pesa.

Como me pesan sus palabras cuando tengo el estómago vacío. Como el vino. Como el estómago del pollo cuando no come y su esposa gallina le dice que los huevos, que el clima, que el pollito, que los vecinos, que la granja, que la jaula, que el agua, que el ser humano... y el pollo tiene ganas de llorar, porque tiene el estómago vacío y la cabeza llena y el corazón triste.

Mejor, voy a hacer una cena especial, muy especial.
Hoy le voy a hablar.
Le voy a contar un cuento.
Le voy a hablar dulcemente...
Luego o durante la cena, mientras comemos el pollo y el arróz y los tomates y la cebolla y la zanahoria y mientras tomamos vino, le voy a contar.

Baraka se llama el film en el que muestran el proceso de los pollitos, ahora recuerdo
Fué él quien me mostró esa película por primera vez, así que lola.
Hoy, te hago el pollo y hoy te hablo.

blablablablablablabla,smmmmmmsémmmm,uffffff,yblablablablayblablabla.mmm... zzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz

domingo, 16 de septiembre de 2007

D.E.V.O.R.A.D.O.R.A.


Al principio no encontraba las cucharitas de metal con las que solía revolver el café instantáneo, que me encanta.

Las buscaba, y a menudo perdía mucho tiempo en ese ir y venir del armario violeta al escritorio y del escritorio al armario violeta, sin embargo adjudicaba la pérdida del objeto a mi desordenada acción de cada tarde.

Luego comencé a no encontrar las tazas y entonces me detuve en una de las idas al armario violeta e intenté recordar...

Recordé que de pequeña comía el dulce de batata de la Giocconda con queso, lo compraba mi abuela. Que caminaba con los zancos los domingos, que jugaba a que mi bicicleta era un colectivo y paraba tres veces por cuadra, en las veredas, para que suba y baje gente... esto era en Ramos.También recordé que les cortaba el cabello a todas mis muñecas, a las lindas y a las feas. recordé mis domingos de confesión y ostias, y recordé que siempre dejaba la taza con la cucharita de metal al lado de la computadora.

Así que dormí sabiendo donde deajaba lo que perdía. Y pude soñar de corrido hasta la mañana siguiente.


Pero más luego, la preocupación fué otra. Si bien sabía perfectamente que esos elementos no quedaban en un mundo paralelo, la sorpresa al descubrir que una mujer se comía las tazas y las cucharitas de metal fué paralizante. Lo cual me llevó a estar noches enteras sin poder dormir ni cerrar los ojos.


Simplemente se trataba de una mujer de cabello rubio, muy rubio, casi blanco, que luego de ingerir una infusión como el té o el café o el mate cocido, devoraba los elementos. Los mismos elementos que antes habríamos utilizado de la misma forma Clarisa, Susana, Pablo y yo. Todos compartíamos la oficina, pero sólo ella devoraba las cucharitas de metal y las tazas.


Fué inevitable pensar en el ruido de los dientes al morder la porcelana y el metal, y fué directamente imposible imaginar el material atravezando la garganta y aquella digestión.

La tranquilidad de saber que las cosas no desaparecen porque sí camina en paralelo a la extrañeza del sitio que se elige para guardarlas.

Luego como siempre todo se vuelve familiar, y ya nadie pierde tiempo buscando lo que sabe que no va a encontrar, por lo menos a simple vista.


jueves, 6 de septiembre de 2007

no nos separamos


porque no pudimos. Justo cuando me estaba dando el último grito de "me pudriste", tocó el timbre mamá. Que estaba de paso, que antes de volver para el Oeste se le ocurrió pasar a tomar un té. Con lo que me cuesta tomar el té cuando hay una separación de por medio, a medio camino. Así que nos sentamos a la mesa a escuchar a mamá. Nosotros tomamos café instantáneo, que nos apasiona, y mamá tomó té común. No logré seguir ni uno de los ocho relatos que contó entremezclados y todos relacionados entre sí, con tanto personaje entrando y saliendo de cuadro.

El me miró en un momento, y sentí que su mirada tenía un dejo de lástima. Supuse que estaba intentando entenderme como hija de aquella madre... cosa que me puso furiosa, y en cuanto mamá dijo "me parece que mejor me voy" y yo le dije "dale" y ella salió casi olvidando su cartera y su abrigo... cerré la puerta. Apoyé mi espalda en ella, moviendo un pié, mordiéndome los labios y como pude dije "no me parece gracioso". Dije eso porque mientras me apoyaba en la puerta escuchaba sus carcajadas que no se disimulaban para nada.

Entonces me pareció oportuno decirle que su madre me parecía una vieja muy mala y comprometida directamente con el mal y las ganas de joder. Le dije que sus hermanos eran un par de inútiles astutos dotados de algunos dones particulares como por ejemplo la falsedad... En un momento de mi monólogo le dije algo así: "verdadero es aquello que es y lo falso es lo que termina no siendo y sabés qué? tu familia es falsa, es como.. viste cuando en la ruta ves agua y nunca llegás?" El me dijo: "no entiendo a que te referís, estás mezclando papas con peras y además la que acaba de dejar otra vez el té sin terminar es tu madre que de tanto hablar hasta nos contó que hoy había venido acá y le habías servido un té"...

Como siempre, nos cansamos enseguida, tratando de defendernos de lo que decíamos.

"No me olvido que estábamos por separarnos eh?" le dije...

"Yo tampoco me olvido eh?" me dijo...

"No, no, no... no hay que olvidar nada" dijimos

Y nos pellizcamos los codos.